Don Fernando. Yo también soy católico. Y lo soy de una manera muy poco común. Soy de los que no tiene vergüenza de decirlo, soy de los que entienden qué es ser católico, apostólico y romano. Me gusta estudiar mi religión y en los últimos años me he pasado decenas de horas defendiendo(me) la religión que profeso y la institución a la que pertenezco. Me he pasado algunas horas también defendiéndolo a usted, a quien nunca he visto en persona. No lo he defendido de las acusaciones de abusar sexualmente de jóvenes ni menores, porque 1) no me compete y 2) no tenía cómo saber si esa acusación era cierta o no. Pero sí lo he defendido como un cristiano defiende a cualquier acusado: reconociéndo el ámbito de acción propio de la justicia humana y el de la justicia divina. Ni a mí ni a nadie en este mundo le compete pronunciarse sobre el destino de su alma. Y en esa defensa suya fui más fiero que Gary Medel (que no debe ni imaginarse que lo citen en este contexto) y lo voy a seguir haciendo.
Le escribo ahora porque durante meses muchos amigos me preguntaron, me cuestionaron y algunos de ellos fueron sumamente injustos conmigo, respecto de por qué lo defendía a usted, a la institución y a la fe que profesamos. Y durante meses tuve que conceder mucho para no cometer injusticias. La gente no suele hacer distinciones muy finas --por ignorancia, porque no les interesa y, una buena mayoría, por pura maldad o "agenda paralela"-- y mete a todos en el mismo saco. Antes de saber si abusó usted de un joven, hubo personas que me acusaron a mí de encubridor de delincuentes e incluso un amigo cercano llegó a insinuar que yo tenía ciertas inclinaciones al respecto. Creo que hay varios que pasamos por lo mismo.
Le escribo porque conocía muy de pasada a uno de los jóvenes que lo acusa a usted. Casi nunca nos vimos en persona, pero yo publicaba sus escritos en un periódico universitario. Él no se debe acordar de mí, pero yo no olvidé las excelentes columnas quincenales que me enviaba. También conozco a uno de los sacerdotes que perteneció a su grupo de cercanos y que firmó una declaración al retirarse en que consideraba verosímiles las acusaciones en su contra. Lo conocí bastante bien y si él firmó ese documento, confío plenamente en que lo hizo a conciencia y no por perjudicarlo. Trabajé varios meses con él en una parroquia y su palabra no me merece ningún tipo de dudas. He tenido la oportunidad de compartir en aulas universitarias con Monseñor Andrés Arteaga y con el padre Samuel Fernández. Y leí también el excelente libro sobre Jesús que escribió Fernández y que le dedica a usted. Nada de lo que usted haga o deje de hacer le quita un ápice de calidad a ese libro. Por todos esos "intereses comunes" es que preferí no escribirle antes, pero por todos ellos es que ahora se me hace un deber escribirle.
Le escribo, en lo principal, porque quiero pedirle a usted que rinda cuentas. Me siento con toda la autoridad moral para pedirle a usted que rinda cuentas públicamente, tanto de su actuar personal como pastoral y administrativo en la parroquia de El Bosque. Usted puede argumentar con toda razón que hay gente que lo quiere destruir injustamente, y yo lo comprendo y lo comparto. Incluso puede contar con mi ayuda para defenderse de ese tipo de acusaciones. Pero usted no puede dejar en la estacada a aquellas personas que defendiendo a la institución y la fe que tenemos en común, vimos cómo se nos etiquetaba y acusaba también injustamente de abusos sexuales, encubrimiento, malversación de fondos, asociación ilícita y otros ad hoc.
"Bienaventuradoscuando por causa mía los insulten y digan toda clase de calumnias", dijo Jesucristo. Es cierto, pero lo dijo Él respecto de sí mismo, no de usted ni de los que, como usted, abusan sexualmente de niños y/o jóvenes. Sr. Karadima: Yo sé que los insultos que me gané por defender a Jesucristo --¡cómo si yo pudiera defenderlo!-- me serán tenidos en cuenta. Él me lo prometió y va a cumplir. Pero los que me gané por su culpa, no señor, esos si que no me los merezco.
Y ojo que en esta lista yo soy uno de los últimos en la cola de acreedores. Porque si bien he rezado por usted, he rezado más por todas aquellas personas que le tenían una confianza ciega --quizás excesiva, es cierto, pero ese es otro tema que ellos mismos resolverán-- y que han visto tambalear su fe en la Iglesia. Doy por descontado que usted no tenía derecho de abusar sexualmente de nadie, pero sí quiero dejar por escrito que usted no tenía derecho a destruir el vínculo de confianza que se generó entre tanta gente. He conocido en estos días a algunas personas que han visto como su estantería emocional y religiosa se ha tambaleado de un modo brutal por su culpa. Y de ellos nadie escribe en la prensa ni se les dedican misas u oraciones. Puedo entender que una víctima desconfíe de Dios, de los curas y de la Iglesia (no parece ser el caso de sus víctimas, lo que habla muy bien de ellas y de Dios), pero me da rabia que por su culpa haya personas que puedan perder la fe o la confianza en la Iglesia por haber confiando en usted.
Le escribo también para que sepa una cosa. Me siento con toda la autoridad moral que me da haber sido un infante anónimo en la historia de la Iglesia para pedirle a la institución que me acoge y, en especial a sus máximos dirigentes en Chile, que se dé cuenta pública del manejo de dineros de la parroquia El Bosque. Y mucho más importante, quiero que las autoridades expliquen en serio los motivos por los cuales este caso --su caso-- demoró tanto en salir a la luz pública y/o no se resolvió con la celeridad que amerita.
Esto último, sr. Karadima, es de especial relevancia, puesto que a parte de ser cristiano militante, soy periodista. Y en mi gremio sí que va a encontrar a pocas personas más dispuestas que yo a entender su situación. Le repito. La actuación de ciertas autoridades y de usted en materias de manejo de plata y celo en la búsqueda de la verdad es im-pre-sen-ta-ble. Los pocos periodistas dispuestos a entender la situación de la Iglesia y su jerarquía necesitamos una ayudita para poder hacer la pega bien. Mis colegas no suelen o no quieren distinguir aquellos rasgos de encubrimiento del delito de aquellos que buscan procurar que la justicia canónica sea efectivamente una ayuda a la salvación de las almas de todos los involucrados, incluido usted como culpable del delito. Como periodista o cómo católico debo decir que el fin de la justicia canónica no es secarlo a usted en el infierno y restaurar el daño que provocó a sus víctimas, sino que explicar que, aunque suene raro, el fin es salvarlos a los dos, víctimas y victimarios. Y todos sabemos que la salvación es en el amor, en la caridad... y eso se vende muy mal en los periódicos.
Quizás la única alegría que he tenido en estos meses asociada a su nombre sea esta: la justicia canónica ha mostrado un celo y un sentido de la vergüenza muy superior al que ha mostrado la justicia penal chilena. Si en mi gremio no hubiera tanto periodista con ganas de ver caer a la Iglesia completa, habríamos podido leer más artículos en que se valore el sentido de la urgencia que este Papa en particular le ha puesto al tema de los abusos sexuales por parte de los sacerdotes; mucho más que el ex Arzobispo Errázuriz, para empezar.
Déjeme contarle una anécdota, don Fernando. Una periodista del NY Times escribió un asqueroso artículo sobre la responsabilidad de Benedicto XVI en casos de abusos sexuales contra menores. Era una mentira de cabo a rabo y pésimo periodismo, pero era el Times. En una entrevista dijo algo que no la excusa de su infamia, pero que sí es pertinente destacar: Si los casos de pedofilia en la Iglesia son hoy un escándalo no es porque haya una conspiración de periodistas ateos laicistas militantes que quieren destruir a la Iglesia (los hay, y muchos). La pedofilia en la Iglesia es hoy un escándalo porque durante varias décadas, en Europa y en EE.UU., un pequeño grupo de periodistas católicos, creyentes o no creyentes, pero de buena fe, se sintieron escandalizados y horrorizados por aquello que la misma Iglesia quería ocultar.
Un periodista militantemente contrario a la Iglesia no se escandaliza ni siente horror, porque odia tanto a la Iglesia que considera normal y parte del paisaje que los curas se comporten de ese modo. Es lo normal, lo esperable, y esas cosas nunca han sido noticia: hombres mordidos por perros. Pero un católico sí debe sentir indignación y rabia ante la pedofilia en la Iglesia. Por eso es que me duele tanto cuando la gente común y corriente --a veces azuzados por gente como usted-- ataca a la prensa y la acusa de querer destruir a la Iglesia. Por eso me gustó que en su parroquia este fin de semana le pidieran a los feligreses que oraran también por los periodistas que están reporteando estos casos, porque muchos de nosotros queremos el bien para la Iglesia.
Hay gente allá afuera que nos quiere destruir. Eso no es novedad para ningún cristiano. Fue así desde el principio y nos prometieron que así sería. Aquellos periodistas que buscaron la verdad desde el principio hicieron un gran favor a la Iglesia independiente de sus creencias religiosas, y hay que reconocérselos. Por eso no quise escribir antes, pero por eso también es que no paré de defender a la institución y de hacer todos los matices que permitieran separarlo a usted en cuanto criminal de usted en cuanto ser humano, que no será juzgado por mí ni por nadie respecto de su salvación y que será juzgado por los tribunales legalmente establecidos respecto de su responsabilidad penal y civil, si fuere pertinente.
Una última anécdota, antes de terminar. Hace varios meses, cuando su caso comenzó a agarrar vuelo, me llegó un mail en que se llamaba a los católicos a defender a la Iglesia de los ataques contra los sacerdotes. Iba dirigido a varias personas que no conocía, pero entre ellas estaba un sacerdote de su grupo cercano. Y por eso es que me atreví a responder con copia a todos.
El mail decía que había una campaña de desprestigio de los sacerdotes y se usaba el ejemplo de Jesús defendiendo a la mujer adúltera y aquel famoso pasaje que dice "El que esté libre de pecado...". Ud. sabe cómo termina. Dado que en la lista del correo estaba un sacerdote al que se había aludido como posible encubridor de sus delitos, es que respondí a todos diciendo que, con mucho respeto, no me parecía que se hubiera escogido ese pasaje bíblico para el escenario que vivía la Iglesia. Mejor se aplicaba aquel otro en que Jesús indica que al que escandalice a un niño más le vale amarrarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al agua.
Me interesaba que ese sacerdote que usted conoce y que yo no he visto nunca en persona supiera que no se puede usar a los fieles para pedir una defensa corporativa si antes no hay verdadera justicia al interior de la institución. Porque, primero y ante todo, la Iglesia le debe pedir perdón a las víctimas y luego, a los que nos vimos injustamente aludidos en el baile. Jesús me pide que lo ame a Él y a todos los seres humanos. Me pide que ame al prójimo que peca, pero que odie el pecado que hay en él; no que lo encubra.
Usted tuvo/tiene un don maravilloso, sr. Karadima. Usted ha logrado llevar a encontrarse cara a cara con Jesucristo a muchísimas personas; usted ganó para el Señor a más sacerdotes que cualquier otro chileno. Recuerdo haber escuchado que alguna vez vino un equipo de TV europeo a hacer un reportaje a este sacerdote chileno que tenía un carisma impresionante y cosechaba vocaciones al sacerdocio. Me sentí muy orgulloso de ello y no deja de sorprenderme todavía. Pero en verdad, ahora he visto, que lo que me sorprende no es su talento, sr. Karadima, sino las miles de maneras que tiene Dios para mostrarnos que nos ama con una locura desmesurada al punto que puede darle a un sacerdote en el rincón del mundo semejante poder... y que ese sacerdote, en la medida en que se enfoque correctamente, puede hacer que esa gracia sea eficaz en el mundo. Y no deja de atemorizarme el daño que puede causar una persona que, armado de ese enorme chorro de gracia divina, la usa para otros fines que no sean amar al prójimo.
- Por aquel que no pudo vivir una vida matrimonial, afectiva y sexual normal producto de sus abusos;
- Por aquellos que producto de sus abusos hoy no pueden ni quieren acercarse a un sacerdote;
- Por aquellos que producto del abuso sexual de parte de un sacerdote transfirieron su justa rabia a la persona de Jesucristo o su Iglesia;
- Por aquellos que usted llevó al encuentro de Jesús y que confiaron ciegamente en usted y han visto cómo se les desmorona una parte completa de su estantería espiritual;
- Por aquellos que desde nuestra pequeña trinchera intentamos construir el reinado de Dios en el mundo;
- Por todos los fieles que seguimos pagando nuestro 1% y donando lo que nuestra conciencia nos indica y confiamos que se usan para obras de caridad;
- Por los padres que rumian su pavor cuando un hijo les dice que quiere ser sacerdote y por esos jóvenes valientes más que yo que disciernen su vocación solos y en silencio;
Eso. José Agustín Muñiz Viu
(Por primera vez, firmo un post sin pseudónimo)

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